EDITORIAL DE LA REVISTA «KRISIS» (ALEMANIA)

Nº 26, ENERO 2003

EDITORIAL DE LA REVISTA «KRISIS» (ALEMANIA)



Cuando hace más de dos años empezamos en el seno de la redacción de Krisis un replanteamiento detallado de la Ilustración, estábamos firmemente convencidos de que con semejante actitud nos pondríamos a una distancia bastante considerable del discurso social actual. La crítica de la Ilustración se presentaba como una empresa poco menos que esotérica, situada muy lejos de los desarrollos empíricos en el interior del capitalismo de crisis globalizado y de los discursos sociales en vigor. Después de los atentados del 11 de Septiembre del año pasado, la situación se modificó de un modo radical. De la noche a la mañana los llamados valores occidentales de la libertad, de la igualdad y de los derechos humanos volvieron a ocupar el centro de todos los discursos de circunstancias. Olvidada quedó la crítica (aunque siempre inconsecuente) del universalismo abstracto de Occidente, tal como había pasado a estar de moda con el discurso posmoderno. Cuando la situación se torna grave, los sujetos de la mercancía vuelven a recordar al fin de cuentas sus fundamentos ideológicos, convirtiéndose en fundamentalistas.

El enorme alarido con que en los últimos tiempos la Ilustración vuelve a ser invocada, apunta, sin embargo, en el sentido de que este discurso, contrariamente a su propia imagen de la que tanto alardea, acaba por no ser tan «racional» como todo esto. Detrás de la fachada de los «valores occidentales», bastante deteriorada después de haber pasado trescientas primaveras, acecha indisimulablemente el miedo puro y duro. Atrás quedaron los tiempos en que parecía que la gente –desde que negáramos la realidad en la medida suficiente– podía establecerse con una comodidad razonable en los segmentos vencedores del mercado mundial, aunque una parte considerable del mundo se fundase en el hambre, la guerra y la destrucción. Después del estallido de la «nueva economía», no es sólo el proceso de crisis el que igualmente invade de una manera por completo perceptible la vida cotidiana de las clases medias metropolitanas. Lentamente va penetrando también en la conciencia cotidiana la constatación de que ya no existe ningún lugar seguro en este mundo. En una época de violencia fluctuante, hasta un vulgar día de oficina en Manhattan, una parada para llenar el depósito de gasolina en Washington, unos días de vacaciones en el Pacífico, o una velada de concierto en Moscú puede traer la muerte en cualquier momento.

Lo que resulta especialmente enojoso es la forma descarada en que los tonos racistas vuelven ahora a hacerse oír. Bajo la sensación de la amenaza se manifiesta la esencia de la Ilustración, que ya a principios de los años noventa había sido traída a la luz sin ningún rodeo por ideólogos influyentes como el filósofo-mayor de los conservadores, Samuel Huntington, después de haber permanecido un tanto en la sombra en los tiempos del boom fordista de la posguerra y bajo los auspicios de la denominada «competencia entre sistemas». Esto no tiene nada de nuevo. Desde siempre la razón de la Ilustración constituyó esencialmente un intento «de alejar el miedo que ella misma es la primera en crear», como Böhme y Böhme lo expresaran acertadamente en Das Andere der Vernunft («El otro de la Razón»). El miedo a su propia violencia y brutalidad y a su propio potencial destructivo que nunca pudo admitir ante sí misma, viéndose, por eso, obligada siempre a reprimirlo y proyectarlo sobre un «otro» ficticio.

Por sí solo, el renacimiento del discurso colonialista y racista se presenta como sumamente grotesco en una época en que la totalidad del globo terrestre, al final de un largo proceso histórico, se halla totalmente entregado al imperio de la producción de mercancías. En los tiempos del colonialismo, los conquistadores occidentales del mundo aún se toparon al menos con culturas y sociedades diferentes, a las cuales, con todo, nunca aceptaron como tales, construyéndolas siempre como imagen contraria proyectiva del propio Yo ilustrado, que sólo se definía a través de la misma. Desde el punto de vista de la razón occidental, se las consideraba como prisioneras de la naturaleza, impulsivas, avasalladas por deseos sensuales descontrolados, perezosas, violentas, supersticiosas, bárbaras y así sucesivamente. De este modo, no sólo se justificaba cualquier crueldad colonialista como «civilizadora», sino que además la Ilustración se volvía inmune al mismo tiempo a cualquier crítica radical por retirarse a sí misma del seno de la Historia. Como supuesto punto culminante del desarrollo civilizador, la Ilustración podía pretender constituir el modelo a partir del cual todo lo demás debía ser juzgado. Sucede, sin embargo, que Occidente, en lo que se refiere al islamismo, tiene que vérselas también de una manera muy real con un fenómeno profundamente moderno. Si éste es interpretado, a pesar de todo, dentro del viejo patrón colonialista, imputando, por ejemplo, acciones terroristas al Corán y a la Sharia, tal cosa constituye desde luego una doble represión. No sólo se reprime que este supuestamente otro es una construcción, algo imaginario, lo inverso de la razón de la Ilustración, y que se encuentra tanto lógica como históricamente asociado inseparablemente a ella, sino también el hecho de que aquello que hoy se perfila como una amenaza al mundo del capitalismo que, al fin de cuentas, parece ser tan pacífico y digno de vivirse, es el producto más genuinamente propio de la historia de la imposición de este último y de su correspondiente fracaso.

Son numerosos los lapsus traicioneros que dejan entrever cuán estrecho es el parentesco entre la locura por la guerra santa de Occidente y la de sus adversarios del recientemente inventado «imperio del mal». Es éste el caso de un editorial desbordante de retórica democrática del jefe de redacción del semanario Die Zeit, Josef Joffe, publicado poco tiempo después de los atentados contra el WTC y el Pentágono (Die Zeit, 31.10.2001). «Visto que el terror se encuentra alojado como un parásito en el tejido de la globalización, los Estados, con sus medios violentos para imponer su poder, tienen que colocar al mal en cuarentena y eliminarlo enseguida sin dañar al 'huésped'. Sin globalización no [habría] libertad de movimiento ni crecimiento; bin Laden habría alcanzado su objetivo». Aquí no falta nada: la metáfora biológica del parásito y del huésped saludable, la fantasía conspirativa y el deseo de eliminación –con la única diferencia de que ahora ya no es el «judaísmo internacional» el que amenaza al buen capitalismo del trabajo honesto, sino el terror islámico. Así se va juntando lo que junto debe estar.

Todo lo que está sucediendo y preparándose actualmente en el mundo es suficiente sin duda para hacernos palidecer de miedo. No obstante, es la propia racionalidad realizada de la Ilustración la que aquí se hace visible. Tanto más abyecto se presenta el intento cuanto más se pretende limpiarlo de toda mácula. Son precisamente intelectuales de izquierda –o quienes en tiempos lo fueron– los que participan en este juego poco apetitoso con especial ahínco. En el Merkur, por ejemplo, tuvimos ocasión de descubrir, después de los atentados, la sabiduría de taberna de que el problema consistiría en que el islam no habría pasado por ningún período ilustrado; y en una edición más reciente, bajo el título de «Risa», los editores Scheel y Bohrer conciben la original idea de que, en los países árabes, la auto-ironía no estaría en su lugar–contrariamente, como es natural, a la risa desdeñosa de Occidente que contendría la fuerza de la negación del respeto y del autodistanciamiento. Lo que es risible es esto. Sin embargo, la cuestión es mortalmente seria. No sólo se trata de cavar una trinchera contra los diablos islámicos, sino también de levantar una defensa profiláctica contra cualquier hipótesis de una crítica fundamental del capitalismo, a la que se pretende descalificar desde ya como «enemiga de la civilización».

Hasta la llamada «sociedad de la diversión», sinónimo de una alegría consumista de dientes apretados, se le aparece de pronto al Merkur como una conquista civilizadora que tiene que ser defendida contra los fundamentalistas islámicos y los críticos pesimistas de la cultura. ¿La «comedy show» de la RTL [canal de televisión alemán] como estadio final de la Ilustración? De hecho, la verdad no está muy lejos de esto. Pero quien no quisiera ver en ello más que la forma de una autocrítica involuntariamente cómica, en el fondo sólo puede ser un miembro de Al-Qaeda o, como mínimo, un simpatizante. En este punto, todos los demócratas están de acuerdo, de Condoleeza Rice a Samuel Huntington, pasando por Joschka Fischer y Oriana Fallaci, hasta los Savonarolas bonsai de las sectas «antialemanas».

Una crítica radical de la Ilustración, tal como la iniciáramos en el número 25 de Krisis y la proseguimos ahora en el presente número, tiene que contar, frente a esta constelación, con unas resistencias que en modo alguno se encuentran sólo circunscritas al plano del discurso racional. Esto constituye una dificultad que no se debe subestimar. De forma inversa, sin embargo, ello no significa, como es evidente, que cualquier crítica de la crítica no sea apenas una maniobra defensiva impregnada por la Ilustración. No hay duda de que nos movemos aquí en un terreno difícil. En un caso como éste, las controversias son inevitables y hasta imprescindibles. Va de suyo que el sondeo de este terreno nos deberá mantener ocupados aún por algún tiempo. De cualquier modo, muchas cuestiones sólo encontrarán su sitio conforme vayamos avanzando, y no son pocas las que no son pacíficas ni siquiera dentro del círculo de las autoras y los autores de Krisis. A título de ejemplo, éste es el caso de la pregunta por el posicionamiento de la crítica, tal como Anselm Jappe la formula, en este número, en el artículo «Una cuestión de punto de vista». Más allá de esta contribución, el enfoque en la crítica de la Ilustración prosigue con los artículos «Ontología negativa», de Robert Kurz, y «El descenso al infierno del Yo», de Karl Heinz Wedel, así como en «Práctica emancipatoria y teoría crítica de la felicidad», de Roger Behrens. El debate en torno de la tecnología genética, inaugurado en el número 24 de Krisis y proseguido en el último número, tiene continuidad en una colaboración externa cuyo tema es la embestida capitalista sobre el genoma humano: «El renacimiento del hombre biológico», de Birgit Niemann. La autora es bióloga molecular y miembro de la Asociación Gen-Ethisches Netzwerk [Red en pro de una Ética Genética]. En el artículo «¿Habrán sido los situacionistas la última vanguardia?», Anselm Jappe se adentra en la relación entre el fetichismo y el arte moderno, mientras que Franz Schandl presenta, en «Al final del derecho», algunas tesis sobre la subversión de la forma del derecho y Robert Kurz, en «Las calamidades naturales de la sociedad», analiza el modo en que las naturalezas primaria y secundaria son deglutidas y destruidas en el caso de las cada vez más frecuentes inundaciones y sequías catastróficas.

Resta sólo señalar que, casi simultáneamente con esta edición de Krisis, ha aparecido también, en la colección Krisis de la editorial Horlemann, el nuevo libro de Robert Kurz: La guerra de ordenamiento mundial. El fin de la soberanía y las metamorfosis del imperialismo en la era de la globalización.
Norbert Trenkle, por la redacción (diciembre de 2002)


Traducción alemán-portugués: Lumir Nahodil
Traducción portugués-español: Round Desk